Han pasado dos semanas y no he parado de llorar. Tengo 21 años. Un año que estoy comenzando. Diez años de golpes, caídas, moretes y cicatrices. Cinco años de sonrisas y lágrimas inocentes y cinco restantes que no quiero ni puedo recordar. He crecido, vivido, madurado y aprendido a base de regaños, amor, paciencia y uno que otro golpe. No puedo decir que he tenido una mala vida, pero tengo que reconocer que el sol no ha brillado lo suficiente sobre este cielo. Solamente de noche, por la oscuridad, las estrellas me han mantenido a salvo.
Viví 18 años de mi vida teniéndole miedo a vivir, a arriesgarme, a gritar, decir y expresar lo que sentía, quería, necesitaba; incluso lo que no me gustaba, lo callaba, reprimía, guardaba o escribía en el pequeño baúl de mis memorias y lo dejaba reposar y llenarse, y acumularse con el pasar de los años. Al resucitar de mi muerte en vida, a causa del dolor, encontré el baúl sumergido en lágrimas, enojos y polvo. Ese día grité, lloré, reí, me enojé y pude ver lo maravilloso de cada una de mis experiencias. Aprendí a criticar (constructivamente), a valorar, a respetar y a amar cada parte y rincón olvidado de mi alma y a aquellos recovecos de mi corazón. De alguna u otra manera aprendí a sonreír sinceramente y no como cuando lo hacía para esconder el dolor. No tuve más miedo de abrir mis alas y volar. De tirarme al agua aún si saber nadar. Empecé a arriesgarme y a tomar decisiones sin preguntarle a alguien. Y aunque no siempre tomaba la correcta, aprendí a que de cada mala dirección, puedo obtener un provecho para seguir creciendo; en lugar de sentirme perdida, llorar y detenerme.
Si conocí el lado brillante de la vida, lleno de colores y sabores. Subidas y bajadas. Admiré con detalle las diferencias, las palpé con la yema de mis dedos. Corrí. Caminé. Era de suponerse que no iba a descubrir solamente los colores brillantes del arco iris. El conocimiento viene en par. Conocemos el blanco y por consiguiente el negro. Lloramos, porque conocemos las sonrisas. Sabemos que hay calor, porque nuestros frágiles cuerpos han sentido el frío recorriendo nuestra médula espinal. Y no existe nada que podamos hacer para evitar esta dualidad de la vida. Pero, que a mi parecer, es la que nos regala un espíritu de aventura y de sorpresa; (que) desde niños empieza a tejer en nosotros un corazón ingenuo y dispuesto, como la capacidad de sorprendernos con cada amanecer ( aunque muchos lo pierden, entierran o guardan, porque ven todos los amaneceres iguales). He sentido el frío y el calor. He llorado y he reído, tanto sola como acompañada. Me he tropezado y caído el mismo número de veces que me he levantado. He peleado con Dios y le he agradecido un millón de veces más (sin ánimos de exagerar). Lo confieso, no ha sido ni tan fácil ni tan difícil, pero ha sido mi vida y la he vivido.
=) Sonrío. Me detengo. Pienso.
Aun así o posiblemente como consecuencia de mis descubrimientos, han pasado dos semanas y no he parado de llorar. Llevo más de un mes con luchas internas (Jykell and Hyde), una semana entera sin comer, tres días con problemas interpersonales y más de 105 dudas acerca de mi pasado, mi niñez, mies miedos e inseguridades, mi eterna necesidad de cariño, mi miedo ha estar sola (o la fascinación por estar sola), mi autoestima ( o la falta de ella), mis deseos, mis impulsos, mis cambios tan drásticos de humor (bipolar como el amor), mis noches en vela (insomnio), mis nulas motivaciones hacia mi carrera, mis cero intenciones de moverme, mi fatiga, mis lágrimas, mis náuseas, el por qué mi piel se eriza con tan solo pensar en recordar (no digamos si llego a recordar). No sé si buscar ayuda o buscar respuestas (o ambas). Aún no entiendo si lo que siento es fabricado por las neuronas que no logran hacer de la manera debida, correcta o adecuada, la sinapsis química o sí mi inconsciente simplemente bloqueó aquello que me hizo daño hace algún tiempo, hace algunos años. No puedo descartar tampoco ( o también) la posibilidad de una mezcla de neuronas defectuosas y de un inconsciente protector.
Una solitaria, pero sincera lágrima recorre mi mejilla. Suspiro. Respiro.
Esta serie de eventos (descubrimientos) inesperados, pero necesarios, han despertado en mi una curiosidad, una certeza insegura y un deseo que no quisiera tener. Las largas horas en vela han, al fin, dado sus frutos. Las más de 300 horas, sentada, escuchando, aprendiendo, reteniendo y analizando, han permitido que mi ingenuo razonamiento haya podido sacar conclusiones. Claramente, bueno, ni tan claro, pero he podido o al menos es mi forma de decir que he querido darle una razón a la lista descrita con anterioridad.
Dos semanas, dos largas semanas, de lágrimas incontables, de desvelos, de pesadillas, de miedos, de inseguridades, al fin cobraron con, digamos, "respuestas". No las esperadas. No. Pero respuestas al fin, las cuales han sido capaces, han sido lo que de cierta forma necesitaba para poder cesar el sin fin de lágrimas que me han dejado seca el alma y vacío el corazón. Respuestas que, de algún u otro modo han regresado el color a mis mejillas y un pequeño intento de sonrisa en mis labios. Respuestas que han logrado incluso más que lo que el litio hubiera hecho con mis débiles neuronas imperfectas y poco funcionales.
Ahora, no queda más que presentarme al mundo nuevamente, con algunos kilos de menos, ojos entreabiertos (por llorar), nuevas fuerzas, una respiración más y un verso menos. Y con la firme y rota convicción de haber sido víctima del inevitable trauma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
If you don't like it, there's no need to be rude... Otherwise I'll remove your comment!