Hace unos años, exactamente el 02 de octubre de 2007, mi hnito me pidió que le escribiera una historia o un cuento corto, para una tarea que tenía.
Lo que la inspiración me dejó escribir en menos de 10 minutos fue la siguiente historia:
UNA SEMANA
Iba saliendo de la escuela, cuando una Van negra tapo el sol, se abrió la puerta del copiloto, se bajaron dos hombres y lo empujaron a la fuerza a subirse a la parte trasera de la camioneta. Lleva tres días desaparecido. Pero, aquí nadie vio nada, nadie sabe nada.
Hoy es lunes 05 de abril y en las noticias narran con detalles como encontraron el cuerpo y el estado en que encontraron al mismo. José Rubio, de 16 años de edad, fue encontrado esta mañana. Fue reconocido por su cédula y licencia, las cuales se encontraban sobre el cadáver. Este, fue mutilado y al momento del hallazgo, los médicos forenses notaron la faltan de las extremidades, las mismas que fueron encontradas en diferentes partes del terreno baldío, donde una pareja que caminaba por allí vio e informó a la policía sobre el cuerpo.
Los titulares de la tarde informan que el asesino es meticuloso y detallista. Elige sus víctimas cuidadosamente y los tortura sin piedad. En el cuerpo del joven Rubio encontraron frases escritas en su piel y en sus extremidades pequeños poemas psicóticos del asesino.
Los psicólogos forenses nos reunimos con el equipo médico, el departamento de policía y el alcalde, para definir un perfil psicológico, del asesino al que nos enfrentábamos. Nos dimos cuenta que no era la primera vez que atacaba. Hace dos semanas, la pequeña ciudad de Sevilla, había sufrido la pérdida de otro de sus ciudadanos. Un joven universitario, había sido encontrado en el mismo lugar y con las mismas características, aunque en un principio no habían relacionado el caso, porque el del joven universitario se había vinculado con una homicidio pasional.
Pero al observar minuciosamente los detalles y paralelamente los casos, se dedujo que estábamos frente a un asesino en serie.
Esta investigación trajo a colación, que hace un mes, un maestro de la misma escuela a la que asistía el joven Rubio, quien tenía tan solo 25 años, había desaparecido. Pero su cuerpo no fue recuperado, solamente sus extremidades, en las que, como en el caso de Rubio, había escritos.
La razón por la cuál los primeros dos casos no hacía resonancia como el de José Rubio, era porque las familias de los asesinados no querían hacer de su dolor, un elemento público para llenar la páginas de los periódicos amarillistas de Sevilla.
Después de profundizar, observar, analizar, comparar y discutir con los médicos y los detectives, descubrimos algo que llamó nuestra atención. La tres víctimas habían recibido llamadas del mismo número telefónico una semana antes de su desaparición. Los detectives se encargaron de esto, mientras que nosotros, el equipo de psicología forense, armábamos pieza por pieza el rompecabezas del perfil de este asesino en serie que estaba aterrorizando al pequeño pueblo de Sevilla.
No sé porque me sumergí tanto en este caso. Quizá por ser un joven de 24 años, con características similares a las víctimas. Me identifiqué con ellos. Pude sentir su dolor, oía de noche sus gritos, logré ver sus ojos con lágrimas por el dolor. Soñaba sus pesadillas cada noche.
Debí suponer que el identificarme tanto con ellos iba a costarme el caso. Me sacaron, pero no pude quedarme de brazos cruzados, tenía que investigar. Seguir analizando los detalles del caso, para encontrar al autor de tan atroces muertes.
Llevo días caminando por la escuela y la universidad, observando jóvenes que podrían ser la próxima víctima. Conocí a una de las maestras, compañera del maestro desaparecido, maestra titular de José Rubio. Estudiante de la universidad, la misma a donde asistía la segunda víctima. Es una mujer muy hermosa. Ha colaborado bastante conmigo en el caso, me ha dado información sobre José y el maestro. Pero dijo no conocer a la segunda víctima, claro, la universidad es grande. También he entablado una buena relación con la junta directiva, el director, la coordinadora, incluso con la enfermera. Todos han sido bastante colaboradores.
Ayer por la tarde, mientras salía de esta casa de estudios, recibí una llamada a mi celular. Número desconocido, es una mujer. Trato de seguirle la corriente, porque insiste que nos conocimos en un bar. Me describe perfectamente. Me dice que está ansiosa por volverme a ver, que dentro de una semana regresa de un campamento. (Escuchó niños al fondo, molestando, riendo). Espera que la reciba con mucha alegría y me comenta que me tiene una gran sorpresa. Se despide tan amablemente como empezó. Cuelga. Pienso en la voz, sé que la he escuchado antes. Observo el número telefónico una y otra vez. Me resulta muy familiar.
Estoy en mi habitación, recostado en mi cama. Tengo miedo de salir. Acabo de percatarme que tan solo me quedan siete días...
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