CAPÍTULO
II
Ninguno
de los padres de Isabella tenían hermanas, pero ella sabía muy bien
quién había sido la tía responsable del joyero negro y las cartas.
Una solitaria lágrima había empezado a recorrer su mejía izquierda
cuando terminó de leer la primera carta.
Inmediatamente
destapó el segundo sobre. Dejando
el mundo afuera y olvidando que tenía que desempacar y acomodarse en
su nueva habitación, comenzó a leer.
Dios
me ha estado enseñando a cantarle en silencio. Empecé a cantar a la
misma edad en la que tu empezaste tus primeras clases de ballet. Y
llevó escribiendo canciones por un poco más años de los que tu
tienes. Así que como bien lo sabes, para mí la música no es solo
un hobby. La música para mí, es lo que para ti es la danza. Es un
estilo de vida. No puedo caminar por la vida sin música, hubo
momentos incluso que la música me delimitó. Y sé que me entiendes
muy bien porque te he escuchado expresarte del baile de la misma
manera.
El
problema es cuando nos perdemos en nuestra pasión y nos olvidamos
para qué fuimos creados, la razón por la cual recibimos el don que
tenemos, como también olvidamos de donde vino esa habilidad. Yo me
perdí en la música y la hice mi prioridad número uno. Todo lo que
siempre quise hacer fue cantar, todo lo que siempre quise ser fue una
cantante. Pero dejé
a Dios fuera de la ecuación. Dejé afuera a quien me dio el don de
la voz.
Y
un día, un día de esos en los que me
encontraba perdida en mi pasión, consumida por ella, me quedé sin
voz. Empecé un domingo a sentir un malestar en la garganta, cuando
me arreglaba para ir a la iglesia. El lunes en la noche mi voz empezó
a escucharse como cuando los chicos pasan por la pubertad. Y el
martes me desperté y no tenía voz. Por supuesto que oré a Dios
para que me sanara, pero después de reflexionar cambié mi oración:
“Si existe una razón por la cual estoy afónica Dios, dime”.
Y
encontré la razón mientras leía la biografía de un personaje que
he admirado a lo largo de mi vida adulta. Fui creada por Dios para
ser solamente de Él. Cuando Dios me estaba formando me vio y dijo
“voy a darle a este ser la habilidad para cantar”. Por lo que
esperaba que cuando cantara fuera para alabarle y para adorarle a
través de mis palabras.
Pero
no lo hice. No lo hice con la convicción
con la cual lo debería haber hecho. Pues
yo cantaba en la iglesia los domingos, a veces sola en mi habitación,
pero sin el entendimiento de lo que cantaba. Las canciones que
compartía con los demás, eran canciones que hablaban de todo, menos
de Dios.
Por
eso, cuando me quedé sin voz, le agradecí a Dios. Él, por su
infinita misericordia, me recordó la razón por la que fui creada.
Mientras me encontraba en cama, con la garganta adolorida y sin voz,
aprendí una vez más que mi voz me fue dada para adorar al que me
creó. Y no te imaginas mi pequeña Isabella, lo increíble que se
siente cantarle al único que puede leer mis pensamientos mientras
adoro en silencio.
Yo
sé que te fuiste siguiendo tu pasión, pero no quiero que te pierdas
como a mi me pasó. No hagas la danza tu prioridad número uno, no
olvides quién te dio el talento por el
cual recibiste la beca. Dios te ama tanto
que te quiere solo para Él y es asombro saber que eres amada de esa
manera.
Ánimos
princesa, Dios está contigo. Él te dio ese talento con un
propósito, sé que estás allá para encontrarlo.
Siempre
orgullosa de ti,
tu
tía favorita.
La
joven bailarina
tenía 18 años y se
había mudado a Australia gracias a una beca que había ganado por su
desempeño académico y su increíble talento en danza. Y
a pesar de sus reconocimientos, de vez en cuando no sentía que fuera
lo suficientemente buena. Su madre lo sabía y se había esforzado
por hacerle saber a Isabella que las medallas en su habitación, los
demás reconocimientos
y por sobre todo lo beca, eran ejemplo perfecto de su
excepcional don.
Al
terminar de leer la carta, no fue una lágrima la que recorrió por
su mejía, fue un llanto de agradecimiento y entendimiento. Estaba a
15, 300 kilometros de casa, pero no estaba sola. Las palabras de su
tía la hacían sentir como en casa. La vida de su madre y su tía,
dos mujeres tan cercanas a su corazón, era un ejemplo del amor y la
gracia de Dios.
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