miércoles, 20 de mayo de 2015

Capítulo II, Cartas a Isabella










CAPÍTULO II

Ninguno de los padres de Isabella tenían hermanas, pero ella sabía muy bien quién había sido la tía responsable del joyero negro y las cartas. Una solitaria lágrima había empezado a recorrer su mejía izquierda cuando terminó de leer la primera carta.

Inmediatamente destapó el segundo sobre. Dejando el mundo afuera y olvidando que tenía que desempacar y acomodarse en su nueva habitación, comenzó a leer.

Dios me ha estado enseñando a cantarle en silencio. Empecé a cantar a la misma edad en la que tu empezaste tus primeras clases de ballet. Y llevó escribiendo canciones por un poco más años de los que tu tienes. Así que como bien lo sabes, para mí la música no es solo un hobby. La música para mí, es lo que para ti es la danza. Es un estilo de vida. No puedo caminar por la vida sin música, hubo momentos incluso que la música me delimitó. Y sé que me entiendes muy bien porque te he escuchado expresarte del baile de la misma manera.

El problema es cuando nos perdemos en nuestra pasión y nos olvidamos para qué fuimos creados, la razón por la cual recibimos el don que tenemos, como también olvidamos de donde vino esa habilidad. Yo me perdí en la música y la hice mi prioridad número uno. Todo lo que siempre quise hacer fue cantar, todo lo que siempre quise ser fue una cantante. Pero dejé a Dios fuera de la ecuación. Dejé afuera a quien me dio el don de la voz.

Y un día, un día de esos en los que me encontraba perdida en mi pasión, consumida por ella, me quedé sin voz. Empecé un domingo a sentir un malestar en la garganta, cuando me arreglaba para ir a la iglesia. El lunes en la noche mi voz empezó a escucharse como cuando los chicos pasan por la pubertad. Y el martes me desperté y no tenía voz. Por supuesto que oré a Dios para que me sanara, pero después de reflexionar cambié mi oración: “Si existe una razón por la cual estoy afónica Dios, dime”.

Y encontré la razón mientras leía la biografía de un personaje que he admirado a lo largo de mi vida adulta. Fui creada por Dios para ser solamente de Él. Cuando Dios me estaba formando me vio y dijo “voy a darle a este ser la habilidad para cantar”. Por lo que esperaba que cuando cantara fuera para alabarle y para adorarle a través de mis palabras.

Pero no lo hice. No lo hice con la convicción con la cual lo debería haber hecho. Pues yo cantaba en la iglesia los domingos, a veces sola en mi habitación, pero sin el entendimiento de lo que cantaba. Las canciones que compartía con los demás, eran canciones que hablaban de todo, menos de Dios.

Por eso, cuando me quedé sin voz, le agradecí a Dios. Él, por su infinita misericordia, me recordó la razón por la que fui creada. Mientras me encontraba en cama, con la garganta adolorida y sin voz, aprendí una vez más que mi voz me fue dada para adorar al que me creó. Y no te imaginas mi pequeña Isabella, lo increíble que se siente cantarle al único que puede leer mis pensamientos mientras adoro en silencio.

Yo sé que te fuiste siguiendo tu pasión, pero no quiero que te pierdas como a mi me pasó. No hagas la danza tu prioridad número uno, no olvides quién te dio el talento por el cual recibiste la beca. Dios te ama tanto que te quiere solo para Él y es asombro saber que eres amada de esa manera.

Ánimos princesa, Dios está contigo. Él te dio ese talento con un propósito, sé que estás allá para encontrarlo.

Siempre orgullosa de ti,
tu tía favorita.


La joven bailarina tenía 18 años y se había mudado a Australia gracias a una beca que había ganado por su desempeño académico y su increíble talento en danza. Y a pesar de sus reconocimientos, de vez en cuando no sentía que fuera lo suficientemente buena. Su madre lo sabía y se había esforzado por hacerle saber a Isabella que las medallas en su habitación, los demás reconocimientos y por sobre todo lo beca, eran ejemplo perfecto de su excepcional don.


Al terminar de leer la carta, no fue una lágrima la que recorrió por su mejía, fue un llanto de agradecimiento y entendimiento. Estaba a 15, 300 kilometros de casa, pero no estaba sola. Las palabras de su tía la hacían sentir como en casa. La vida de su madre y su tía, dos mujeres tan cercanas a su corazón, era un ejemplo del amor y la gracia de Dios. 

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