miércoles, 27 de mayo de 2015

Capítulo III, Cartas a Isabella










CAPÍTULO III

Isabella estaba absorta en la lectura de las cartas que no escuchaba la conmoción afuera de su habitación. Era el primer día de varios estudiantes en el nuevo campus universitario, por lo que muchos estaban moviendo cajas, golpeando paredes, martillando clavos para colgar cuadros, reorganizando los muebles de las habitaciones, llamando a casa. Pero Isabella estaba completamente ajena al trajín externo.

Solamente se re acomodó en su cama cuando sintió que las piernas se le dormían por lo posición que tenía en el piso. Cogió el siguiente sobre, lo destapo y saco la carta número 3.

Sentirse sola a lo largo de la vida, es probablemente un sentimiento que todos vamos a tener. Sé que estando lejos de casa, aunque estés rodeada de gente, vas a experimentarlo. Muchas veces podrá ser porque extrañas los abrazos de tu madre, el poder ir a meterte a su cama, incluso podrías llegar a extrañar sus regaños. Puedes llegar a sentirte sola porque el idioma es distinto y va a ver momentos en que extrañarás tanto hablar español. Mis palabras no son para desanimarte Isabella, sino que quiero compartirte la mejor manera de sobrellevar la soledad.

Hace ya algún tiempo, cuando todavía disfrutabas colorear las paredes de la habitación de tu madre sin su consentimiento, me sentí sola. Completamente sola. En cierto sentido sabía que podía contar con mi familia. Pero no tenía amigos, no tenía a quien llamar, no podía pensar en alguien que me acompañara en este proceso. Una serie de eventos desafortunados, fuera de mi control, habían logrado terminar diferentes relaciones de amistad. Y todo esto ocurrió en un período de dos meses.

Por supuesto que lloré. Pero en lugar de tomar cartas en el asunto, doblé mis rodillas. Oré a Dios y le dije que las personas que el quería que estuvieran en mi vida, Él las iba a hacer volver. Yo no iba a hacer nada más que esperar su buena, agradable y perfecta voluntad. También le dije que las personas que Él no quería que estuvieran en mi vida, que las quitara. Que aunque podría no estar de acuerdo, iba a aceptar su voluntad, porque sé que los planes que tiene Dios para mi vida son mejores que los planes que cree yo misma.

Dios cumplió y por eso me sentía triste. Mucha gente que era parte importante de mi vida, relaciones de años, se fueron y se terminaron las relaciones. Al inicio, no entendía. Lo aceptaba, pero no entendía. Estaba triste, lloraba, me enojaba. Hasta que un día Dios habló.

¿Por qué estás llorando? ¿Por qué sigues buscando llenar ese vacío con amigos o romance? ¿Acaso no soy Yo suficiente?

Isabella, después que Dios te dice eso quedas mudo. Completamente sin palabras. Ese día aprendí lo que Dios me había querido enseñar durante todo mi vida. Él es suficiente.

Dios es suficiente para mí. Fuera de Él nada deseo. Y por muy radical que parezca sé que podría ir por el mundo sin nadie, sin tener alguien con quien hablar, compartir, soñar, llorar, reír… Porque Dios es suficiente para mí, con Él puedo hablar, compartir, soñar, llorar, reír…

Si alguna vez te sientes sola mi princesa, te hace falta hablar español, desahogarte, llorar, reír, que te abracen, consientan, den consejos, lo que sea que necesites, quiero que sepas que Dios es suficiente para ti. Dios te toma en sus brazos, te abraza y te dice que te ama y eso es suficiente.

En Dios encuentras tu valor, eres aceptada, valorada, perdonada, pero sobre todas las cosas Isabella, eres amada. Y eso, es más que suficiente.

Por supuesto que siempre puedes contar con tu mami y conmigo. Estamos solamente a una llamada de distancia.

Que Dios sea suficiente para ti,

tu tía.


Un suspiro escapó de la boca de Isabella al terminar de leer la carta. Uno de sus más grandes miedos al cruzar el océano era precisamente el sentirse sola. No quería dejar lo conocido, la casa de su mamá, de su abuela, la comodidad de tener a la gente que la ama a la vuelta de la esquina. Pero supo que aunque habría momentos en los cuales necesitara refugiarse en la cama de su mamá como lo hacía cuando era niña, podía refugiarse por completo en los brazos de un Dios que la amaba. Lo cual, era suficiente.


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